En tiempos de discusión instantánea, escuchar puede parecer una concesión. No lo es. Es una forma de reconocer que las personas llegan a una conversación desde experiencias diferentes y que ninguna etiqueta puede reemplazar por completo a una historia humana. La convivencia democrática necesita desacuerdos claros, pero también reglas compartidas: no deshumanizar, contrastar afirmaciones y dar espacio a voces habitualmente excluidas. Escuchar no significa renunciar al criterio propio; significa someterlo a una conversación más exigente. Cuando las instituciones y los medios privilegian el espectáculo de la confrontación, la sociedad pierde capacidad para comprender sus problemas. Defender una escucha activa no es ingenuidad: es una apuesta por discusiones más útiles. Esta es una columna de opinión de la Redacción NEXODUM.
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